La Palabra como Medida Terapéutica
Dra. Alejandra Rosado Bosque Gómez*
La labor, la formación y las aspiraciones de un médico exigen una nueva definición en
nuestros días, ya sea por la premura con la que este siglo se extingue o por la inmensa
variedad de proezas tecnológicas a las que nuestros sentidos poco a poco se van
acostumbrando.
Las extensiones electrónicas y atómicas, nuevas herramientas para el diagnóstico y
la terapéutica, revisten actualmente el habitus exterior de los médicos, que les exige
y que les dará para su precisión matemática en el tratamiento al enfermo.
Nuestros pacientes, eternamente enfermos e innumerables, que suelen atestar las
salas de consulta en los horarios más incómodos y en las horas más apresuradas, son
en la mayoría de las ocasiones, sujetos anónimos, los que, con dificultad llegamos a
conocer el número de cama y su reporte matutino de biometría hemática.
Por ello, la calidad y la excelencia médica exigen de las nuevas generaciones una
definición más amplia, que nos permita conocer en su totalidad al paciente.
En muchas ocasiones, el joven aprendiz del arte de Esculapio se emociona
profundamente al recordar los nombres de las enzimas del círculo de Krebs, pero evita
que sus sentidos sean maltratados por los inevitables olores de un enfermo renal, por
las quejas de los pacientes terminales, por el contacto con la carne humana que no
conoce en sus míseros medios, el baño diario y los perfumes.
Los médicos de hoy están obligados a escribir la nueva definición de un médico en
ejercicio, con la seguridad y exactitud que exige la tecnología actual, pero también con
el humanismo, que desde tiempos inmemoriales ha caracterizado al galeno.
Esta doble tarea, que no debe envanescernos ni mortificarnos, es, quizá, lo más
grande dentro de todos los logros de la Medicina de hoy; pero también es, por ende,
el mayor de los legados para los que en años futuros habrán de sucedernos.