LA ESCUELA NACIONAL DE MEDICINA EN EL PALACIO DE LA INQUISICION


CARLOS VlESCA

Los edificios sufren, como los humanos, de la presencia de habitantes y huéspedes que tratan de poner su huella en espacios y muros, algunas veces con fines ornamentales, otras, simplemente utilitarios.

El Palacio de la Inquisición no fue la excepción. Cuando el 7 de junio de 1854, el edificio fue comprado por los profesores de la Escuela Nacional de Medicina con miras a instalarse en él y poner fin a su peregrinar de treinta años, comenzaba para él una nueva era y una nueva identidad. En el transcurrir del tiempo, desde el día en que se abrieran sus puertas para dar salida a inquisidores y presos al ser abolido el tribunal del Santo Oficio en 1813, y de manera ahora sí definitiva en 1820, hasta el momento en el que nuevamente se abrieron para dar cabida a profesores y estudiantes de medicina, el edificio había sido muchas cosas. Había sido seminario y asiento de las oficinas de gobierno del Estado de México, así como cuartel y albergue de la Lotería Nacional. Si los médicos habían peregrinado por varios edificios, el exPalacio de la Inquisición lo había hecho por varios dueños.

Cuando el edificio fue vendido, el viejo conjunto de construcciones de la Inquisición se había desmembrado. La Escuela de Medicina solamente tomó posesión de una parte compuesta por el "patio principal y uno contiguo que le está unido por el ángulo opuesto a aquel en que está la puerta principal que comunica con la calle".1

La historia de los edificios choca a veces con la historia humana de los usos que se dan a dichos edificios. Cuando se considera a uno de ellos en razón de su arquitectura, de su estilo, de las peculiaridades de su ornamentación, se llega a abstraer el sentido de la construcción para mantener exclusivamente la obra de arte ante nuestros ojos. Es entonces cuando aparecen múltiples crímenes de lesa majestad. Los edificios convertidos en escaparates del gran museo imaginario de la arquitectura universal son realmente contados, y la mayoría han sufrido, unos más, unos menos, de las impertinencias de sus habitantes.

Pero también hay que hacer notar que esas impertinencias son llamadas por sus poseedores modernizaciones, remodelaciones y hasta reconstrucciones, según se quieran apegar o alejar del modelo original; aunque pueden ser sencillamente adaptaciones, cuando se trata de introducir en el edificio alguna función para la que no estaba diseñado.

El edificio que compraba la Escuela de Medicina distaba mucho entonces de ser considerado un monumento nacional ni una joya arquitectónica. Al contrario, se destacaba el desperdicio de terreno al tener grandes áreas sin construir; el que el patio principal, debido a la fragmentación de las posesiones inquisitoriales, contaba sólo con cuartos muy mal distribuidos sobre dos de los lados del pentágono; el que sus techos estaban ya viejos y gastados y amenazaban con requerir en breve una reconstrucción total. 2

No bien se terminaron los trámites de compraventa del inmueble (tras largas alegatas y regateos se rebajó el avalúo original de 96 312 pesos y se hubo pagado la cuantiosa cifra de 50 mil pesos por él), vino la primera remodelación. La escuela contaba con algún dinero, una exigua cantidad que ascendía a 1 800 pesos, ya que le había sido autorizada para realizar algunas obras materiales en el Colegio de San Ildefonso en donde antes se encontraba instalada. Si descontamos 1 200 que tuvieron que ser pagados al señor Leo Felis por los útiles que dejara en el edificio al desalojar, restaban solamente 600 pesos para la obra.

Vista de la plaza de Santo Domingo en 1856. Destaca la fachada ochavada del edificio de la Inquisición, recién adquirido por la Escuela Nacional de Medicina.

Se proyectaba formar unos aposentos, la capilla y las oficinas, y la construcción de un anfiteatro anatómico, sin el cual no era concebible en esos tiempos una escuela de medicina moderna y cuya falta había sido uno de los motivos principales de inconformidad cuando la escuela fue trasladada al convento del Espíritu Santo. La tarea fue encomendada al arquitecto Juan M. Bustillos, el mismo que había valuado el edificio para su compra, cuyo plano y presupuesto, fechados el 15 de junio de 1854, fueron hechos llegar a la Inspección General de la Instrucción Pública, organismo del que dependía la escuela, cinco días después, o sea, el día 20.

El presupuesto para la construcción del anfiteatro, que ascendía a 6 916 pesos, más los honorarios del arquitecto, que serían del seis por ciento, incluía el arreglo de la pieza de subida, la construcción de una escalera de madera, la del anfiteatro propiamente dicho y dos salas laterales destinadas a otras cátedras. 3

De acuerdo a la idea sustentada por los doctores Vértiz y Ortega, el anfiteatro sería construido encima de la bóvedas de la escalera principal, siendo el núcleo de origen de un futuro tercer piso. Con una superficie de 160 varas cuadradas, es decir aproximadamente 128 metros cuadrados, el anfiteatro contaba con muros de mampostería de tezontle, ventanas con archivolta de cantería, una cornisa externa del mismo material y techo de madera de Río Frío. Una gradería semicircular, también de madera, daría acomodo a los asistentes. 4

Vista actual de la plaza de Santo Domingo.

El 22 de agosto fue autorizado el inicio de las obras, pero no de las del anfiteatro, sino los arreglos del llamado entonces segundo patio o Patio de los Naranjos, que corresponde actualmente al Auditorio "Dr. Gustavo Baz Prada". Estas obras consistían en hacer un pasillo para la cocina, en donde se encontraba entonces la caballeriza, en enladrillar la cocina y hacer el brasero corriente, con su horno y su chimenea, en comunicar el patio principal con el del Colegio, derribando parcialmente una pared, en formar la capilla derribando dos paredes y abriendo una puerta a fin de comunicarla con lo que sería la sacristía, en hacer un refectorio para los internos cubriéndose para ello dos arcos del patio interior con bastidores de madera provistos de pilastrillas de cantería y vidrios, en entablonar las piezas tanto del piso bajo como del alto, a más de todos los arreglos necesarios para techar, separar y adecuar todas estas áreas. Se decidió hacer un barandal nuevo de hierro forjado para el piso alto, ya que se consideró que el existente era muy grueso y pesado y sería muy caro reemplazar las partes faltantes. Vendido por quintal de peso a razón de 8 pesos, se mandó hacer otro barandal más esbelto, con lo que se ahorraron 344 pesos. Ésta fue una alteración de las estructuras primitivas por razón de ahorro, la que encontraremos una y otra vez en nuestra historia.

En cuanto al anfiteatro, se aceptó que se construyera en una segunda etapa, misma que seguiría inmediatamente a la terminación de las obras en el segundo patio, y se aprobó para ello la cantidad de 3 490 pesos, lo que significaba dejar sin construir las dos salas laterales. 5 En agosto se planeaba iniciar esta etapa de la contrucción en cuanto pasaran las lluvias y don Urbano Fonseca había pedido prestados mil pesos a su yerno a fin de dar los adelantos convenidos al arquitecto. 6 El 11 de octubre Bustillos solicitaba el presupuesto para realizar toda la obra, incluyendo los cuartos anexos, exponiendo que esto la abarataría, y el día 12 Fonseca lo ponía a consideración de sus superiores. 7

El 14 del mismo mes se tenía una respuesta afirmativa y, de inmediato, se pusieron manos a la obra.

Portada de la escritura de compra del antiguo edificio de la Inquisición por parte de la Escuela de Medicina En la parte inferior de la hoja se aprecia el plano de lo que comprendia entonces el edificio

Vista de la plaza de Santo Domingo La Escuela Nacional de Medicina presentó a partir de entonces la mole de su tercer piso

Para el 19 de septiembre las obras estaban ya lo suficientemente avanzadas como para que se hablara ya de su próxima conclusión. Como sucedía con todo en esos momentos de nuestra historia, tal rapidez y eficiencia era avalada a los méritos de don Antonio López de Santa Anna, presidente de la República por enésima vez y que ostentaba ya el pomposo título de Su Alteza Serenísima. Precisamente en ese día, el Diario Oficial calificaba de "acertadas y eficaces" las medidas mediante las cuales el gobierno había apoyado la adquisición del edificio y los arreglos hechos hasta entonces, y recalcaba el empeño de don Urbano Fonseca y la cooperación del arzobispo para llevar a feliz término los trámites conducentes a la compra del inmueble. 8

También en 1855 la Academia de San Carlos decidió, para contribuir a los festejos de los médicos por la adquisición de su nueva casa, hacerles un obsequio que fue nada menos que la estatua en mármol de San Lucas, el patrono de su gremio. La idea no era del todo desinteresada, puesto que los estudiantes de la Academia asistían también a las disecciones anatómicas de la Escuela de Medicina. Comisionada a Manuel Vilar, la escultura fue realizada por Martín Soriano y terminada hasta cuatro años después. También la Academia de San Carlos costeó el pedestal en el que se pondría la estatua y sufragó los gastos de decoración del muro ante el cual se colocaría, situado en el interior del salón de actos. Ambas obras estuvieron bajo la dirección de don Javier Cavallari. Por fin, el 17 de junio de 1860, San Lucas hizó su entrada solemne a la Escuela de Medicina, recibido por un grandilocuente discurso pronunciado por Rafael Lucio y poemas y piezas musicales que estuvieron a cargo tanto de artistas profesionales como de alumnos de la Escuela de Medicina y de la Academia de San Carlos. 9

En 1913, a instancias del doctor Aureliano Urrutia, que era entonces director todopoderoso de la escuela, la estatua de San Lucas pasó al sitio de honor: al centro del patio principal, que fue cubierto por una elegante marquesina. No mucho tiempo después, más o menos diez años, fue nuevamente desplazada, regresando a su sitio original en el salón de actos, para ser reubicada una vez más en el pequeño vestíbulo que, desde el cubo del portón permitía el acceso a aquél.

En 1950 hubo otro cambio, esta vez al pedestal central del descanso de la escalera principal, pagando los gastos del traslado los exalumnos de la generación 1919-1924. Cuarenta y cuatro años ha permanecido San Lucas allí, con todo y su inscripción que reza "Este santo fue médico". Desalojada la escuela por sus alumnos al trasladarse en 1956 a su nuevo hogar en la Ciudad Universitaria, el santo quedó velando por las academias y sociedades médicas que continuaron sesionando y centralizando sus actividades en el edificio, para mirar luego a las estudiantes de enfermería pulular por su escalera monumental y ser testigo del deterioro máximo y la posterior reconstrucción del edificio.

Algunos arreglos de menor envergadura fueron realizados en 1858. aunque consistentes en resanes y pequeñas modificaciones que no influyeron mayormente en el aspecto general del edificio.

Once años después, 1869, se hicieron necesarias nuevas reformas, aunque éstas no fueron precisamente arquitectónicas. Como consecuencia del deterioro manifiesto del lugar y especialmente de las áreas ocupadas por los alumnos del internado, se decidió adoptar la medida, catalogada entonces como provisional, de suprimirlo. El comedor dejó de ser empleado como tal, y la capilla, en la que ellos oían misa y confesaban y comulgaban los días de fiesta de guardar, dejó de funcionar como tal. 10 "Lo nocivo del lugar -refiere un testigo presencial- llega a tal punto que no hay exageración al decir que se harían acreedores a una nueva crítica las autoridades que obligaran a ocupar esas alcobas..." 11 El mismo personaje insistía en que la Escuela de Medicina había declinado totalmente su obligación y responsabilidad de mantener un "buen orden higiénico". Más tarde, este ejemplo haría regla y, en 1877, lo que era provisional se tornó en disposición de orden general al promulgarse la Ley de Ignacio Ramírez que establecía que ninguna institutución de enseñanza superior tendría internado a partir de entonces. Diez años habrían de pasar, continuando el deterioro de estas áreas dejadas punto menos que en el olvido, siendo usadas para bodegas y, alguna que otra vez, para aulas suplementarias.

En 1879, siendo director de la escuela el doctor Francisco Ortega, se decidió llevar a cabo nuevas y considerables reformas al edificio. Ahora las obras afectarían importantemente a su estructura y para llevarlas a cabo fue comisionado el arquitecto Luis. G. Anzorena. Fue entonces cuando se construyó un tercer nivel que complementaría al Anfiteatro Anatómico ya erigido allí. En él se contruyeron aulas, un observatorio meteorológico que venía a actualizar a la escuela en un momento en el que la climatología médica tomaba cuerpo, y un gimnasio. Ahora sí, los locales del segundo patio tuvieron su turno de reacondicionamiento. El comedor fue transformado en un aula en la que sesionarían algunas sociedades científicas, como la Sociedad de Practicantes, que agrupaba a los alumnos que con tal carácter asistían a los hospitales; la Sociedad Anatómica José María Vértiz y la Sociedad Filoiátrica. 12 Las habitaciones fueron convertidas en aulas y la capilla, con sus dos cuartos anexos, fue modificada para dar lugar al salón de sesiones de la Academia Nacional de Medicina.

Con todo y la innegable utilidad que pudieran tener estos remiendos de altos vuelos y de las grandes esperanzas que se pusieron en ellos en cuanto a su impacto sobre la formación de médicos de gran calidad científica, arquitectónicamente significaron la pérdida de la prestancia del edificio, visto tanto desde el exterior como desde el patio principal. con ese tercer cuerpo, pesado, aplastante, toda la esbeltez palaciega de la construcción se desvaneció. La reproducción del balcón del segundo nivel en el tercero de la fachada ochavada fue desafortunada y la sustitución de la cantera por yeso en las pilastras y en el marco de la puerta de este último no es digna de mejor calificativo. Asimismo, la desaparición del gran escudo de la Inquisición que coronaba el ochave de la fachada y el reemplazarlo con un frontón triangular por demás "achaparrado", fue más que deplorable estéticamente hablando, a pesar de que se dispusieron en él escudo y la leyenda que identificaba a la Escuela Nacional de Medicina. Un detalle más que contribuyó a desfigurar el exterior del edificio, fue la sustitución de las antiguas almenas que coronaban el entorno de sus muros por un sencillo pretil. Visto desde el interior del patio principal, el tercer piso agregado dificilmente podía ser más feo, con una pared plana solamente interrumpida por unas cuantas ventanitas, que acaso parecían respiraderos, y contando sólo con las ventanas terminadas en arcos de medio punto que correspondían al anfiteatro y sus anexos. Esta vez las ampliaciones cambiaron "sustancialmente la fisonomía del edificio y por lo tanto su valor documental". 13 Por los siguientes 89 años, el antiguo Palacio de la Inquisición sería un edificio de tres pisos.

Visita de la plaza de Santo Domingo hacia 1890

El patio principal de la Escuela de Medicina en 1900

Se aprecia la visita interior del tercer piso construido en 1878 y, sobre la escalera, los ventanales con arcos de medio punto del anfiteatro anatómico encima de él, la gran estructura que complementaba su gradería y contenía laboratorios y el observatorio meteorológico.

No obstante la realización de tan magnas obras, al interior de la escuela no todo iba bien y fueron continuas las quejas en el sentido de que lo que en ella imperaba eran el descuido, la basura y los malos olores; de que las mulas que servían para el tiro de los carros que transportaban los cadáveres seguían vagando libres por el patio y que los carros mismos, jamás lavados, permanecían estacionados despidiendo malolientes emanaciones. 14

Se hicieron arreglos y adaptaciones, pero todos ellos de menor importancia. como lo revela la cuantía del presupuesto para obras ejercido en 1892, que fue solamente de 1 475 pesos. 15 en 1894 la modernidad seguía invadiendo al viejo Palacio. La conveniencia de instalar un pararrayos no le afeó, pero sí le dio un toque de actualidad. 16



Los laboratorios

No faltó al edificio la presencia de laboratorios en su interior. Aunque la Fisiología llevaba ya lustros de ser enseñada en la escuela, fue solamente en 1907 que fue montado el primer laboratorio en forma, con los aparatos que había seleccionado y adquirido en Europa para la escuela el doctor Daniel Vergara Lope. Antes habían hecho acto de presencia la Histología, con sus microscopios y microtomos, así como la Bacteriología, cuyo laboratorio realmente poco influía en la estructura del edificio, pues ocupaba el salón del primer piso, correspondiente al ochave, y se hacía notar por el material encerrado en las vitrinas elegantemente empotradas a los lados de la puerta del balcón y por el microscopio cuidadosamente guardado por su capelo, que se encontraba sobre el escritorio del profesor.

Para 1908 los espacios, que realmente eran pocos, estaban distribuidos, según el levantamiento hecho por el ingeniero Manuel F. Alvarez, inspector de la Instrucción Pública, de manera que toda la parte de la planta baja que da hacia el atrio de Santo Domingo estaba ocupada por el salón de actos, mientras que los cuartos sobre la calle de La Perpetua (hoy Venezuela) correspondían, en orden de la entrada hacia el oriente, a la portería, la pagaduría y las oficinas de gobierno; los dos cuartos situados a los lados de la escalera eran la prefectura y la conserjería, en tanto que el conserje tenía su cuarto en el cubo que actualmente comunica con el edificio anexo de Brasil 35. El carro para transporte de cadáveres tenía su lugar a un lado de la secretaría y el archivo, en el cubo que hoy conduce al patio llamado "de piedra", que es el correspondiente al edificio de Venezuela No. 10, hoy anexo al Palacio. El primer piso estaba ocupado por las clases de Histología, Obstetricia y por la biblioteca, en el lado sur; el museo, en el lado poniente, y la escalera principal, un aula al sur de ella. La escalera de acceso al segundo piso estaba localizada al otro lado, no habiendo ningún cuarto disponible por el lado norte, ya que todos los que ahora se abren al patio pertenecían entonces a la casa que tenía el número 1 de la 3a. calle de Santo Domingo, hoy Brasil 35. El segundo piso estaba dispuesto de manera que, en el lado sur se encontraban las aulas de operaciones e higiene y llamada de gabinete; en el lado poniente, la de medicina legal; en lado oriente, el anfiteatro de disecciones sobre el cubo de la escalera, con el observatorio meteorológico y el laboratorio de Bacteriología; y, todavía por encima de él, el depósito de cadáveres y otro salón. En este piso, la Escuela de Medicina construyó sobre las azoteas de las piezas del lado norte del patio, mismas que por ese entonces no le pertenecían, un gran salón alargado que se destinó para Bacteriología.

Página siguiente: El 6 de febreo de 1900, fue inagurado, el monumento a doña Josefa Ortiz de Domínguez. La Escuela de Medicina continuaba imponiendo

Sobre el segundo patio se abrían, en la planta baja, los salones de la Academia de Medicina y la Sociedad "Pedro Escobedo", una bodega, el archivo, la caballeriza y los baños; en el primer piso, las clases de Química, Farmacia y Fisiología y, en la azotea, es decir, en el segundo piso, un anfiteatro de Fisiología, probablemente habilitado para el laboratorio y los aparatos que trajera Daniel Vergara Lope un año antes, y una sección dedicada a Anatomía Topográfica.



La estatua de Carmona y Valle

Al celebrarse el vigésimo quinto aniversario de la revista La Escuela de medicina, en 1904, se decidió formalizar la presencia de la escuela en lo que había sido el antiguo recinto del atrio de Santo Domingo , espacio que había sido abierto cuando el convento fue parcelado al abrirse la calle que es ahora Leandro Valle y se demolieron y derribaron buena parte de sus construcciones. Allí se había hecho costumbre el que formaran los corrillos de estudiantes de Medicina previo a las ceremonias, a las reuniones festivas, a las travesuras. Para ello se decidió elevar en ese sitio una estatua sedente de don Manuel Carmona y Valle, eminente figura de la medicina mexicana que había fallecido dos años atrás siendo director de la escuela. El doctor Eduardo Liceaga, su sucesor, apoyó una suscripción, en la que participaron profesores y alumnos. Reunida a duras penas la suma requerida, la estatua fue encomendada a Guillermo Cárdenas y, fundida en bronce por Baudilio Contreras, fue puesta en su sitio el 6 de mayo de 1909. Carmona y Valle permanecería allí, impávido, hasta 1965, año en que fue removido de su pedestal durante el proceso de remodelación que modificó a todas las plazas del Centro Histórico de la Ciudad de México como preparación para los Juegos Olímpicos de 1968. Removido de las cercanías de su querida escuela, Carmona y Valle fue trasladado a un jardín en la colonia de los Doctores, en el que ha sido cercado por un mercado y por áreas de juego, en un entorno en el que aparte de los nombres de algunos maestros y amigos suyos todo le es ajeno.



La remodelación de 1913

El edificio de la Escuela Nacional de Medicina, ya formado parte de la flamante Universidad Nacional establecida de nueva cuenta en 1910, esperaba con ansias arreglos de fondo. Algo se había hecho el año anterior, en el que se arreglaron y decoraron el salón de actos y los locales en los que sesionaban las sociedades médicas y se había reparado el Anfiteatro de Anatomía y el aula adjunta. 17 En ese mismo año de 1910 se presentaron a las autoridades correspondientes algunos presupuestos para reformas en el edificio, aunque no ocurrió nada que fuera trascendente. 18 Lo único que pudiera anotarse sería la realización de la instalación eléctrica para alumbrar la fachada y la revisión del resto de la instalación. 19

En 1913, el rector Joaquín Eguía Liz, declaraba que eran necesarios entre cien y ciento cincuenta mil pesos para poner a la Escuela de Medicina en condiciones óptimas de instalaciones y equipo. Sin embargo, los principios no correspondieron a tan auspiciosas perspectivas, contándose solamente con 3 382.40 pesos para reparaciones. 20 Pero, con la presencia de Aureliano Urrutia en la dirección, todo se facilitó. Urrutia, a más de un ser un hombre capaz y emprendedor, gozaba de las simpatías y el apoyo de Victoriano Huerta, en cuyo gabinete no tardó en llegar a ministro de Gobernación. Todo el edificio fue reparado. Refiere uno de nuestros más ilustres historiadores médicos, don Francisco Fernández del Castillo, que lo que se hizo al edificio fue una "traumatizante cirugía" mediante la cualse reformó la escuela, incluyéndose en estas reformas el tirar los viejos muebles y los libros que no eran considerados modernos. 21 Se construyó un nuevo anfiteatro dotado de planchas de mármol de Carrara y cuatro aulas para la enseñanza de la Anatomía; desaparecieron los barandales del patio y los corredores de fierro de las escaleras y fueron sustituidos por otros de cantera, en el más elegante y afrancesado estilo; el piso de los corredores fue cambiado por uno nuevo, esta vez de cerámica y, en tanto que San Lucas era instalado a medio patio, éste era techado con un tragaluz de fierro y vidrio.

El lado oriente de la plaza de Santo Domingo, con la Antigua Aduana y la Escuela Nacional de Medicina, 1910

En 1910, la Escuela de Medicina hizo presencia en la plaza mediante la colocación de la estatua de don Manuel Carmona y Valle

Es por estas fechas que se compra la casa situada al lado del Palacio, que corresponde actualmente a Brasil 35. Hacía ya años que se había considerado la conveniencia de comprarla o al menos rentarla, pensándose que era conveniente disponer de un mayor espacio para el internado e inclusive para que las autoridades y tal vez hasta el director de la Escuela de Medicina vivieran en ella. Fue con ese fin que el doctor Ignacio Durán iniciara en 1856 las gestiones para alquilarla y, dado el caso, comprarla para la escuela. 22 Sin embargo, no tardó en señalar a las autoridades correspondientes que la operación ya no iba a ser posible, ya que la persona que entonces ocupaba la casa y cuyo nombre no es mencionado en la documentación consultada, gente de recursos económicos suficientes, había hecho los arreglos para quedarse con ella. 23 Es probable que este personaje fuera el señor Ramón Fernández, acaudalado hombre de negocios que poseería el inmueble hasta fines del siglo y que fue quien lo remodeló dándole el aspecto de una elegante mansión afrancesada. Cuando la casa fue comprada por la Escuela de Medicina en 1913, pertenecía a la familia Arrillaga. 24 De tal manera, por entonces tuvo que dejarse en suspenso el asunto y el señor director tomó en arrendamiento una casa más pequeña que estaba sobre la calle de Cocheras, es decir al norte de la escuela.

El portón de la Escuela de Medicina se divisaba a través de los árboles del jardín, 1915

Fachada de la Escuela Nacional de Medicina, 1915

Patio principal de la Escuela de Medicina con los arreglos realizados en 1913

Patio del edificio anexado en 1925

Se observa en la planta alta las ventanas del aula de Fisiología remodelada por Villagrán

Ya comprado el inmueble, se decidió llevar a cabo obras de adaptación y, estando momentáneamente desocupado, las autoridades universitarias decidieron instalar allí la Escuela de Odontología, misma que apenas cinco años antes se había separado de la Escuela Nacional de Medicina. Esto era a principios de 1916. 25 Mucho después, a fines de la década y tras de quedar relativamente desaprovechado el inmueble después de que en 1935 la Escuela de Odontología se mudó al edificio de la calle del Licenciado Verdad, se adaptaron unos laboratorios en los que se concentró la investigación en ciencias básicas que se realizaba en la escuela y se recibió en ellos al granado grupo de científicos españoles que recién habían migrado a nuestro país a causa de la guerra civil española. En esos pequeños y pobres laboratorios se desarrolló el germen de lo que es ahora el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM.

El corredor de la planta alta con el piso de mosaico y la balaustrada de cantera. En la fotografía se aprecian los techos de rieles, típicos de fines de siglo XIX, que vinieron a sustituir a las viguerías que existían antes, 1913

Poco se hizo en los siguientes años, pero ya el edificio de la "casa chata" había tomado presencia como asiento de la Escuela de Medicina y poco era lo que se recordaba de su antecedente inquisitorial. En 1919, se mandan hacer algunos bustos de bronce. 26

Para 1925, la Escuela de Medicina logró comprar la casa adyacente a su solar, del lado de la vieja calle de La Perpetua, que había pertenecido antes al Colegio Francés. El doctor Fernando Ocaranza, director entonces de la escuela, que fue quien realizó la operación, aprovechó para instalar allí, en el segundo piso, su nuevo laboratorio de Fisiología y el área destinada a Microbiología y, en el primero, un aula y laboratorio de Histología que serían utilizados por don Tomás Perrín, juntamente con las áreas destinadas a aulas y laboratorios de Química Médica y Anatomía Patológica. Dicha casa, que también había pertenecido originalmente a la Inquisición, permitió un respiro a la Escuela de Medicina, ya que con su anexión se pudo habilitar nuevamente el espacio requerido por algunas disciplinas que, transformadas radicalmente por el avance tecnológico, requerían de más equipo y más amplios laboratorios. 27

La vida de la Escuela de Medicina seguía su curso día con día y su hogar, el antiguo Palacio de la Inquisición, perdía diariamente memoria de aquellos tiempos e iba tomando el rostro de las ciencias médicas, con sus laboratorios y anfiteatros, con sus cadáveres y animales de experimentación. Ya nadie pensaba en los inquisidores si no era al mirar con aire de horror alguno de los treinta y cinco retratos que estaban por allí arrumbados escondiendo la firma de pinceles ilustres. Definitivamente, los hábitos habían sido sustituidos por las levitas y sorbetes de los profesores y por los sacos y carretes de los alumnos, que hacían cuerpo con la decoración de aulas y laboratorios y mimetizaban el aspecto de los patios con forma y modas que otrora les fueran ajenos.

Es con este talante que alumnos y profesores participaron en los violentos acontecimientos que, en 1929, condujeron a la autonomía universitaria y en los cuales la determinada conducta del director, don Fernando Ocaranza, fuera tan decisiva.

Sin embargo, no faltaron acciones que ponían nuevamente sobre la mesa recuerdos que llevaban rato dormidos. El 9 de febrero de 1931, el edificio de la Escuela de Medicina era declarado "monumento", concepto que cubría los "muebles e inmuebles de origen arqueológico y aquellos cuya protección y conservación sean de interés público por su valor histórico y artístico". Poco después, el 27 de julio, era publicado en el Diario Oficial un decreto emitido el 14 del mismo mes, según el cual la plaza de Santo Domingo y las construcciones aledañas quedaban definitivamente consideradas como monumentos. Los tiempos cambiaban y, contradictoriamente, entre tanto se modernizaban los interiores y se instalaban laboratorios, sustituyendo la viguería de los techos y los pisos originales por concreto y mosaicos, se comenzaba a hablar de valor arquitectónico del edificio y soñar en la preservación de su aspecto original.

El arquitecto Carlos Torditi llevó a cabo algunas obras importantes en el edificio 1932, consistiendo éstas en el cambio del techo de los corredores, en los cuales sustituyó la viguería de madera por bóvedas ligeras, y la colocación de nuevos pisos en los anfiteatros. 28 Cada reparación conllevaba la realización de amarres en diferentes partes del edificio que, alternándose, vienen a ser las mismas a través de los años y responden a las zonas de hundimiento.

En 1933, llegó a la dirección de la Escuela el doctor Ignacio Chávez y con él la oportunidad de celebrar lo más espléndidamente posible el centenario del Establecimiento de Ciencias Médicas. Tratando de lograr el mayor lucimiento con los escasos recursos disponibles, decidió remozar el edificio y dotar a la escuela de laboratorios y aulas modernas. Las obras fueron puestas en manos del arquitecto José Villagrán García, a quien se debe una buena cantidad de monumentos de interés para la historia de la arquitectura mexicana postrevolucionaria. Se demolió lo poco que quedaba del segundo patio, dejándose en pie solamente los muros que lo limitaban y las arquerías de los lados sur y poniente, mismas que fueron cubiertas. El patio, cuya última anécdota había sido la infructuosa excavación en busca de tesoros que había hecho una profesora cubana en 1928, dejó de ser tal para convertirse en un magnífico auditorio de visos angulares, dotados de butaquería de terciopelo rojo. en su vestíbulo, de mármol negro y blanco, destacan todavía los pesantes bustos en bronce de algunos de los próceres de la medicina mexicana, obra de Ignacio Asúnsolo. 29 También fueron totalmente reformadas la dirección y la secretaría, dotándoselas de sendos escritorios monumentales, de un parquet a tono con el mejor gusto de la época y lambrines de madera y libreros empotrados. La biblioteca fue modificada totalmente. Nuevamente los laboratorios de Fisiología crecen, bajando ahora al primer piso del edificio anexo (Venezuela 4), cuyo corredor fue cerrado con cancelería y ventanas. Lo que fuera otrora la Sala de Audiencias de la Inquisición. que hacía ya años que había sido modificada, fue convertida en el Aula Magna de Fisiología.

La modernización iba esta vez de la mano de un sentimiento de deuda para con el pasado, de manera que, no bien terminadas las obras de modernización, Chávez pasó a la preocupación por restituir al edificio algo del aspecto que originalmente tenía hacia el exterior. Comprendiendo el mal efecto estético que causaba el tercer piso, agregando cincuenta años antes, planeó modificar la fachada de dicho tercer cuerpo, reponiendo el frontispicio, las almenas y los pretiles, y sustituyendo muchos de los elementos de yeso por otros hechos en cantera. 30 El presupuesto para la obra era de 23 327 pesos, al parecer accesible, pero la salida del doctor Chávez de la dirección dejó todo en suspenso. Diez años después, el conocido historiador de nuestro arte colonial, don Manuel Toussaint, refería haber oído de un proyecto de arreglo del tercer cuerpo y pedía, al no encontrar nada al respecto, que se elaborara otro nuevo, basándose éste en la elevación de dicho piso y en la restitución del remate de la parte central . 31

Arreglos menores se sucedieron, acompañados de un paulatino deterioro. Así, para octubre de 1947, el ingeniero Alberto Crespo declaraba en el informe que rindió entonces al Patronato de la UNAM que era urgente el arreglo del techo del auditorio, el cual se encontraba en pésimas condiciones, cambiarse varios pisos de madera y reponerse el mosaico faltante en casi todos los corredores del edificio. Señalaba, asimismo, que era necesario un arreglo completo de toda la instalación eléctrica y el cambio de todas las puertas y ventanas. 32 Sin embargo, Crespo no hacía siquiera mención del mal estado de las arquerías del patio principal, hecho que nos obliga a pensar que el deterioro sufrido por ellos se acentuó entre la fecha de este informe y 1950, año en el que el doctor José Castro Villagrana, entonces director del establecimiento, inició una activa campaña a fin de obtener fondos para reparar el edificio. Para entonces se declaraba que los arcos estaban a punto de colapsarse y que era indispensable la realización de las obras de mayor envergadura. Por otra parte, la duda acerca de la oportunidad de éstas surgía, pues se tenía ya en mente la construcción de una nueva escuela de medicina y se entreveía lo que habría de ser la Ciudad Universitaria.

El dinero fluyó. Claudio Arrau tocó un inolvidable concierto en el auditorio y los fondos todos fueron donados para la reparción del edificio. Los arcos fueron apuntalados y reparados, las grietas llenadas y los amarres reunieron los muros cuarteados, de manera que, cuando la Escuela Nacional de Medicina estuvo lista para mudarse a su nueva casa, el viejo Palacio de la Inquisición, por 101 años su refugio y asiento, quedaba en aceptables condiciones. Allí, idos profesores y alumnos, permanecerían las academias y sociedades médicas, mientras que la Escuela de Enfermería se quedaría en la casa de Brasil 35. Las primeras lo hicieron por sólo siete años, yéndose después a las modernas instalaciones que les fueron cedidas en el Centro Médico Nacional. La Escuela de Enfermería y Obstetricia, como las demás escuelas que han pasado por el Palacio, salió hasta 1979, para ocupar su nuevo edifico. Durante todos estos años, el edificio dejó de sufrir los atentados arquitectónicos consecutivos por remodelaciones y adaptaciones, dejó de sufrir las exigencias de los avances del saber y la tecnología médicos; pero más padeció como resultado del abandono. Aparte de que en 1967 le fue restituido su aspecto externo original al ser demolido el tercer nivel, como parte de las obras de remozamiento del Centro Histórico de la Ciudad de México en su preparación para los Juegos Olímpicos que habrían de realizarse al año siguiente, la elevación y el balance que tenían originalmente los cuerpos arquitectónicos fue recuperada y la fachada recobró su esplendor al mismo tiempo que el tan controvertido escudo del Tribunal del Santo Oficio, que si bien ideológicamente no tenía ya entonces cabida, sí significó el que la fachada fuera realmente la misma que concibiera Pedro de Arrieta. Al interior, se apuntalaron arcos, se abrieron muros a fin de localizar grietas, inyectarlas y colocar amarres, y se llevaron a cabo los trabajos necesarios para consolidar la estructura del edificio. Sin embargo, aunque en apariencia el edificio había recuperado su gallardía primera, en el fondo lo que reinaba eran el descuido y el deterioro. La llegada del Departamento de Historia y Filosfía de la Medicna de la Facultad al viejo Palacio, en 1973, marcó el inicio de una nueva era en la que privaría el interés de rescatar plenamente el inmueble y conferirle un nuevo sentido, digno de su pasado y de su proyección como parte esencial de la Facultad de Medicina.

La estatua de Carmona y valle también fue retirada y su pedestal demolido, 1968.

En el mes de enero de 1952, el entonces director de la Facultad de Medicina, doctor José Castro Villagrana, solicitó al arquitecto Roberto Alvarez Espinosa las reparaciones necesarias para la conservación del edificio

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