EL PALACIO DE LA INQUISICIÓN (1732-1820)




MANUEL GONZÁLEZ GALVÁN

Puede decirse que el actual Palacio de la Inquisición, por los años en que fue construído (1732-1737), resultó ser la obra civil -aún con las implicaciones religiosas que conlleva-, más importante no sólo de la Ciudad de México, sino de toda la Nueva España. Lo construyó el arquitecto más notable y prolífico de ese momento, Pedro de Arrieta, y, en cuanto a su amplitud, sólo lo supera el Palacio de los Virreyes.


Detalles del biombo de los condes de Moctezuma


El gran Palacio, dentro del trazo de la ciudad, era vecino a la iglesia y convento de Santo Domingo, ya que la Orden Dominican fue la principal gestora de la Inquisición. Hacía esquina con el muro atrial del templo, siendo a la vez proa volumétrica que aspiraba asomarse al vacio de la plaza. Estas circunstancias definieron la solución arquitectónica que finalmente el genio de Arrieta encontró para la portada, las fachadas sur y poniente y el patio mayor.

En planos antiguos, pero especialmente en el óleo que perteneció a los condes de Moctezuma, conservado en el Museo de Historia, se consigna el aspecto que presentaba el edificio en el siglo XVII. Al parecer, la esquina se elevaba con un torreón almenado de dos niveles -fórmula frecuente en palacios y grandes casonas de la ciudad-, que proveniente de un preventivo temor, propio del siglo XVII, se fue suavizando y prolongándose hasta el XVIII, en que por obra y gracia del barroco devino en festiva decoración y entrega.

En la misma pintura antes citada, se apunta que las fachadas no tenían balcones, sino tan sólo altas ventanas enrejadas de arriba a abajo, con un aspecto de jaula carcelera. El edificio de Arrieta, pese a las remodelaciones, ha dejado huella en los enmarcamientos de balcones y ventanas donde se anclaban estas rejas.

Otro problema que debió inquietar al arquitecto fue el de la portada de acceso principal y su digno aprecio, ya que si hubiera aplicado la solución usual en ese tiempo, de colocar la portada como eje óptico y de circulación que dividiera en dos el espacio y la distribución del patio, ésta hubiera quedado semioculta en la calle, viendo al muro del atrio y al costado oriente del templo. Y peor hubiera sido el abrirla sobre la calle de La Perpetua por ser secundaria y angosta. Por ello tenia que acercarse a la esquina mostrando una gran puerta y sobre ella el respectivo escudo del Santo Oficio.

Así coloca la gran portada en la esquina, pero en esbiaje o, como él mismo dice, que para "mayor lucimiento de decencia, he discurrido ochavar la esquina de hacia la plazuela de Santo Domingo y dar en ella la puerta principal", cita que aclaro más adelante.

Pero lo que esto le ocasionó fue otro problema y éste era el de que si bien la portada luciría mejor, el acceso no se podría hacer franco ni en lo visual ni como circulación, ya que la columna esquinera sur-poniente de la ronda de arcos del patio estorbaría. Esto lo solucionó de una manera admirable y atrevida suprimiendo las cuatro columnas angulares en la planta baja, de manera que con hábil y correcta estereotomía, lo que serían cuatro arcos esquineros, se convierten en dos, con la clave colgante o en pinjante.

Otra observación digna de hacerse, fuera o no intencional en Arrieta, pero que confirma su sensibilidad como arquitecto, consiste en que si el visitante o espectador se coloca en el extremo sur de la columnata del portal de la plaza, la rasante visual que pasa por la esquina norte de la Aduana de Santo Domingo permite apreciar completa la portada inquisitorial, como si este punto fuera el mejor aglutinante para admirar la secuencia de los tres grandes monumentos: Aduana, Inquisición y Templo dominicano, a lo que se puede añadir, con un leve giro hacia el poniente, el ritmo disciplinado y austero de la columnata toscana del portal.

Detalle del biombo de los condes de Moctezuma. Museo de Historia del Castillo de Chapultepec, siglo XVII


La portada

El acucioso investigador del arte colonial Enrique Berlín descubrió una serie de documentos sobre la relación de Arrieta con el Palacio Inquisitorial, que dio a conocer en el Boletín del Archivo General de la Nación, tomo XVI, número I.

De ahí los toma Francisco de la Maza para elaborar parte de su hermoso estudio sobre el Palacio de la Inquisición.

Transcribo ahora algunos párrafos de una Comunicación que el propio Arrieta dirigió a los inquisidores en 1732, dando razón de algunos cambios que hacía a su propio proyecto presentado en 1723, justificando especialmente su nueva idea para la portada. Así nos enteramos de que:

El proyecto fue sometido a la aprobación de los arquitectos Miguel de Ribera y Antonio Alvarez, quienes dijeron que les parecía excelente, y sobre todo la colocación de la portada, que les llenó de admiración, "pues goza de una y otra calle y de toda la plazuela", y añaden: "quedará con notable hermosura y con la novedad de singulizarse.por lucir, en este reino".

Esta última frase decidió a los inquisidores, que, sin más trámite, dieron la obra a su Maestro Mayor, comenzálldose el día 5 de diciembre de 1732 y acabándose en Navidad de 1736, dos años antes de la muerte de su autor.

Hasta aqui la transcripción de Francisco de la Maza. Ahora queremos añadir, que sólo se conservan en México cinco ejemplos de portadas coloniales de este tipo; todas barrocas y todas del siglo XVIII. La primera y más grandiosa es la de este Palacio, y sin duda la que sirvió de ejemplo y antecedente a las otras cuatro.

Le seguirán la Real Casa de San Luis Potosí, atribuible al arquitecto Felipe Cleere, ya en la segunda mitad del siglo XVIII, en un barroco elegante y discreto con un par de columnas corintias de fuste clásico en el primer cuerpo y dos más en el segundo, en cuyo fuste vigorosa filatería se enrosca a la manera salomónica y nos trae el mensaje de plus ultra, correspondiente a nuestras tierras. Otra es la mansión palaciega del Conde de Súchil, en Durango, de 1770, "churrigueresca", por la presencia en ella de cuatro ricas pilastras estípites en su segundo cuerpo; la "Casa Chata" de Tlalpan, de aspecto más doméstico y, finalmente, el Colegio de San Nicolás, de Pátzcuaro, a cuya portada lo que más anima es la luz y sombra que produce el juego de volúmenes de la espadaña que la corona.

Volviendo a la portada inquisitorial es de considerarse el apelativo más conveniente para referirse a este singular tipo de colocación en esquina. Su autor le llamó "ochavado"; pero también se le podría llamar "en esbiaje", o bien, como es tan popular, "en chaflán" Lo que ya empieza a ser desagradable, es "chata", y, lo inadmisible, es el galicismo de pancoupé. Es indudable que a la gran portada la podemos clasificar estilísticamente de barroca, pero dentro de ese barroco mesurado que manejaba Arrieta: sin excesos ornametales, estructuración y molduración afiliados a lo clásico y hasta cierto gusto anacrótico gotizante en los enmarcamientos, que llegó a mostrar, abiertamente, en algunas obras como la estructura interior de la iglesia de La Profesa.

Otro rasgo peculiar en las obras de Arrieta lo constituye un bien logrado juego y equilibrio entre columnas de fuste liso y pilastras tableradas. Generalmente son pares. La discresión decorativa se concreta a poner ricos capiteles compuestos en las cuatro columnas y las doce pilastras tableradas, y otros elementos como en los frisos y en las enjutas de puerta y balcón semiochavados. Donde más abunda decoración es en el imafronte de remate con dos ángeles tenantes del escudo, parte que ha sido repuesta procurando acercarse lo más verazmente al original que hubo. Lo gotizante se muestra claro en la molduración de jambas y cerramientos de puerta y balcón, en tanto que el gusto por el ochavamiento no sólo es en éstos, sino en el voltear las cuatro pilastras extremas, dos a dos, hacia las fachadas laterales.

No se pueden pasar por alto, al admirar esta portada, la belleza del diseño y la calidad de factura de los hierros del balcón, con las tres vigorosas y preciosas "patas de gallo" que sostienen su vuelo sobre la puerta, la que a su vez se cierra con el robusto zaguán de grandes tableros chapetoneados.


El escudo


Para la restauración del monumento fue un acierto la demolición del tercer nivel añadido en la segunda mitad del siglo XIX, pues con esto no sólo el edificio recuperó su volumetría original, sino toda la armonía de la plaza.

También ha sido afortunada la reposición del imafronte con su escudo inquisitorial en base a litografías y fotografías antiguas. Esto no fue fácil, debido a que en ellas tan sólo aparece el lugar y proporción del escudo, pero ya no él, pues debió desaparecer por causa del torpe decreto del Congreso de la Nación del 22 de mayo de 1826 que ordenó se rasparan y suprimieran todos los escudos de nobleza, especialmente el de España. Fue por eso que centenares de monumentos sufrieron serias mutilaciones, pues estos escudos se ponian en las partes más vistosas de los edificios.

Pero, lo que para nuestro caso resulta un tanto problemático, son ciertas incongruencias en varias representaciones del escudo y en el origen de su lema y su traducción del latín. De la Maza, en su estudio de El Palacio de 1a Inquisición publica un hermoso grabado tomado del libro Auto de la fe... de 1649, donde el escudo está enmarcado por una preciosa tarja todavía de sabor manierista, donde se inscribe el lema Exurge, Domine, Iudica, Causam, Tuam.

La esfera inferior, con un lago, una ciudad y tres calzadas, representa a la Ciudad de México; un brazo derecho armado sostiene, sobre la esfera, una cruz de Calatrava o de doble travesaño que alude a lo patriarcal; está resplandeciente y de ella pende un Cristo y a sus lados la I y la M mayúsculas de Inquisición Mexicana. Pero no aparecen la Espada de la Justicia ni la Rama de Olivo de la Misericordia, usuales posteriormente. En cambio ya en las representaciones del siglo XVIII sí están presentes, aunque desaparecen el Cristo y el resplandor, permaneciendo la cruz. ¿Será que hubo cambios por alguna razón heráldica?

En cuanto al lema de Exurge, Domine, Iudica, Causam, Tuam, que si permanece inalterado en el tiempo y que se puede traducir como Levántate. Señor. Juzga. Tu causa, algunos historiadores y documentos aseveran que está tomado del Salmo 72 (V. 71); pero, consultada la Biblia Nacar Colunga, no encontramos en este salmo exclamación semejante; tan sólo en el Salmo 76 (V. 75), leemos algo ligeramente parecido en el versículo décimo:


Fachada poniente


Esta fachada es la más corta del edificio pero es curioso observar en ella que su longitud es sensiblemente mayor que la del atrio de la iglesia en su dimensión frente a ella. Es más, observada desde el ángulo sur-poniente de lo que fue el total del atrio y hoy es una simple explanada, llana, limpia, hace monumental la perspectiva, formando ángulo con la fachada del templo.

Sin embargo, esta fachada, sin perder unidad, está dividida en dos paramentos de similares dimensiones pero distinto ritmo, por medio de un resalte a manera de contrafuerte, con una pilastra tablerada en cada nivel.

El tramo del lado norte tiene una portada en que ha sido modificada la molduración del arco y la imposta del mismo en la parte inferior, para ponerla acorde con las cuatro grandes ventanas, también cerradas en arco. Esto alteró la apariencia del primer cuerpo y debió suceder cuando se remodeló el edificio a fines del siglo pasado. El zaguán, y toda la herreria, incluyendo los barandales de los balcones superiores, pertenecen a esta remodelación, sin que dejen por ello de ofrecer un excelente diseño y factura. También es de observarse cómo esta alteración inferior, en composición esquemática y número de vanos, se asemeja a la parte superior original quedando asi cinco vanos por nivel y todos al mismo eje. Por cierto, y como aprobación de la auenticidad de este acceso, el balcón central en la parte superior es más ancho que los otros cuatro, como señal de distinción.

Debemos apuntar que, conforme a lo que hoy llamaríamos señal de sinceridad estructural, los acodos o "echados" que se requieren para que la alternancia de las piezas de cantería requerida para armar los enmarcamientos de los vanos queden bien travados con el muro -lo que los canteros llaman también "amarres"-, aquí han sido estéticamente delatados, al hacer que una franja de tezontle negro los perfile, a la vez que también se delimitan y encierran los paños de tezontle rojo que quedan entre los elementos de cantería. Esto sucede en todo lo alto y largo del segundo nivel, en ambas fachadas del Palacio.

Detalle alegórico que no puede pasarse por alto es el que se muestra entre los dos balcones hacia el sur de este tramo de la fachada. Destaca como dibujo vivo en tezontle negro sobre el rojo una parrilla sobre la que se entrecruzan a manera de símbolos de la pasión de Cristo la escalera con que lo suben y descienden de la cruz, la lanza con la esponja donde le dieron a beber hiel y vinagre y la lanza de Longinos con que se le atravesó el costado.

En el tramo sur, con cuatro ventanas en el primer nivel y cuatro balcones en el segundo, los vanos no siguen un orden ni simetría rigurosos y tan sólo los dos próximos a la portada apenas se ajustan al mismo eje. No obstante, todos parecen permanecer en su lugar original, aunque tres de los inferiores muestran haber sido alterados alargándoseles hacia arriba, por lo que a sus rejas hubo de añadirseles posteriormente una franja en su parte baja.

La ventana que resulta más interesante es la inmediata a la portada, por la proporción y elegancia de su diseño.

Lleva un antepecho en saliente como un gran pedestal de basa, orillas y cornisuelo de cantera, con un paño central de piedra negra volcánica, modelo que al extenderse a todo lo largo de las dos fachadas les sirve de lambrín o zócalo. La proporción del hueco es sensible uno a dos y el marco, duplicado también, alcanza el entablamento superior, por lo que el cerramiento va por la parte media del paño de tezontle.

La reja responde a la unidad, encajando con una transparente pero bien delineada sección áurea. Así que en esta ventana es de considerarse el fragmento más sutil de ambas fachadas a más de que es ¡la única ventana que sin duda se conserva con toda su integridad original!

Como expresiones alegóricas, en esta parte de la fachada poniente son de primordial importancia los dos diseños que, como el anterior descrito, están dibujados, o incrustados, si se quiere, en tezontle negro sobre los dos paños de rojo, en el nivel superior y a continuación del ya descrito. Uno es la cruz de doble travesaño, pontificia y patriarcal, que es emblemática de la Inquisición. El otro es una parrilla sobre la que se levanta una columna rematada por un gallo. Estos emblemas pasionarios son sumamente importantes, porque obviamente aluden a la traición de Pedro, cuando estando calentándose ante el fuego de una parrilla mientras flagelaban a Cristo atado a una columna, lo negó tres veces y entonces cantó el gallo como el mismo Cristo se lo predijo. Como Pedro es cabeza de la Iglesia instituída por Cristo, a pesar de su traición representa con esto al papado y a toda la cristiandad, que no debe por lo tanto ni traicionar ni falsear la doctrina, cosa a la que está abocado y encargado el Santo Oficio de la Inquisición.

Como última observación de la fachada podemos ver que, con excepción del balcón de portada, los otros ocho muestran huella de haber tenido rejas totalizadoras aunque voladas hasta los repisones, y que las mismas huellas se perciben en todos los balcones de la fachada sur. Si arriba las había para que nadie escapara, ¿o se suicidara?, con mayor razón las hubo en la parte baja, con excepción de balcones y accesos de portadas. De esta manera el Palacio debió presentar en sus tiempos inquisidores un aspecto, aunque hermoso, de enorme jaula.


Fachada sur


La más amplia de las fachadas es la que ve al sur, y es la que da rostro a todo lo que propiamente ocupa el gran predio y su laberíntica distribución interior. Dolorida fachada, como todo el ambiente urbano que la rodea, abre nada menos que veintiocho vanos en el primer nivel, en caótico desorden, más diecinueve en el segundo que muestran más regularidad y carácter de originalidad. Pero todos abiertos como ojos asombrados ante lo que ha discurrido y discurre ante ellos.

En el primer nivel, las primeras diez ventanas, a partir de la gran portada hacia el oriente,muestran un alargamiento hacia la parte superior. Aun conservando el ancho original de su parte inferior, esta prolongación llega a tener hasta cuatro veces el alto, cosa insólita en los conceptos coloniales. La típica prolongación de las jambas en los cinco primeros casos, coincide con los resaltes del entablamento que los deben recibir, no siendo así en los restantes, lo que indica una indudable alteración compositiva de este primer cuerpo.

Es más, prosiguiendo hacia el oriente, resulta difícil entender qué ha pasado. Con excepción de los ocho vanos distribuídos a los lados de la portada de acceso lateral, éstos si colocados armónicamente, cuatro en cuatro y dos sobre dos, indican el entresuelo y a la vez tienen reclamo de originalidad al responder y corresponder con los resaltes del entablamento sobre ellos. Los seis huecos del extremo oriente no niegan su más reciente y pobre existencia.

La portada que destaca su prestancia en esta parte es, sin duda, como su equivalente en la fachada del poniente, un acceso original pero alterado en la parte del arco, con modillones neoclásicos a los lados y en la clave del mismo; pero, las grandes jambas tableradas no desdicen su origen barroco.

El nivel superior se conserva de mejor forma. La proporción de sus balcones, excepto los primeros seis de la portada mayor hacia el oriente, los define como originales, a más de que muestran, como SUS correlativos de la fachada poniente, huella de haber tenido reja total y no sólo barandal como ahora.

Hay, también, la total coincidencia de la prolongación de jambas con los resaltes del entablamento superior, con su friso abombado o convexo. La gruesa y volada cornisa sobre los balcones ritma en claroscuro todo lo alto de la fachada.

En el mismo entablamento, diecisiete breves resaltes entre la balconería y a la altura de la cornisa, aunque rasurados, en forma callada o enmudecida nos dan cuenta de otras tantas gárgolas suprimidas.

Existen veintiún almenas, mientras otras once esperan su reposición completa.

Los escudos, así como en la fachada poniente las aplicaciones alegóricas son básicamente de alusión religiosa, en ésta del sur tienen un carácter más claramente de orden laico o civil.

Hay cuatro escudos que se pretendió hacer desaparecer, quizá, a raíz del mismo decreto de mayo de 1826. Fueron raspados y ocultos hasta con aplanados, pero ahora con mejor comprensión restauradora, pugnan por ser entendidos a la luz del día, ser redescubiertos y hablarnos de nuevo con balbuceante heráldica por estar mutilados. A medida que avanzamos frente a la fachada hacia el oriente, se hace más difícil su identificación.

El primero, entre el segundo y tercer balcón, es claramente el de la Inquisición, y precisamente el de la Inquisición Mexicana, pues a los lados del mundo que en él se ostenta, una M y una I obviamente aluden a la Mexicana Inquisición El siguiente escudo, entre el tercero y cuarto balcón, todavia es reconocible como el escudo de España. Coronado y enmarcado con las columnas hercúleas del plus ultra y los respectivos cuatro campos internos con sus dos torres y dos leones, esto último sólo considerable por deducción debido a lo maltratado de las figuras. Del tercer escudo, entre el sexto y séptimo balcón, ya no se puede hablar con certeza: tan sólo puede decirse que se encierra en un círculo o medallón sobre el que aparece el mundo coronado por la cruz redentora. y del cuarto y último, entre el noveno y décimo balcón, mucho menos, pues aquí sí se logró la casi total desaparición. Apenas, y como en silueta, se aprecia una gran corona real en lo alto y, bajo ella, en una especie de tarja mixtilínea que encierra un óvalo, se adivinan fragmentos de una figura informe hecha de tezontle negro. Aquí sí, la memoria heráldica se ha esfumado, y sólo queda su fantasmal huella.


Patio mayor


En el perfectamente cuadrado patio mayor, cabalgan sus arcadas sobre dieciséis columnas que debieran ser veinte si se añadieran las cuatro angulares, suprimidas por la consabida original solución de arcos cruzados y en pinjante de los cuatro extremos. En el nivel superior sí se cuenta con las veinte columnas correspondientes al número de arcadas, al incluirse las cuatro angulares. Los arcos en el primer nivel son prácticamente de medio punto, en tanto que los del segundo son todos de tres puntos.

Pero, lo que sorprende, admira y da originalidad a este patio, como sabemos, son los arcos cruzados de los ángulos. Observados éstos con cuidado, se percibe que su trazo es de medio punto hasta las claves que los configuran, para de ahí conjuntarse en una sola clave, que es el pinjante, de manera que cada uno de los cuatro arcos adquiere un trazo irregular que afecta la forma.

Esta solución en pinjante, que de primera impresión admira que no se desplome, debe su firmeza y seguridad a una acertada estereotomía o corte de la piedra, donde la transmisión de las cargas por medio de las dovelas, se hace desde las dos columnas exentas del patio hasta sus correspondientes pilastras adosadas a los muros, haciendo del pinjante una sola gran clave unitaria.

Pero, aunque todo esto es fácil de explicar y entender como razón constructiva, no deja de ser un alarde y atrevimiento hacerlo en una ciudad, como lo es la de México, donde el subsuelo fangoso, al permitir hundimientos y movimientos estructurales, estará siempre amenazando la delicada estabilidad de este tipo de soluciones.


Angulo del Patio Principal

Columna angular del corredor del piso alto


Al remitirnos al nivel superior, donde sí se encuentran las columnas angulares, y al observar justamente la estereotomía de los cuatro arcos que a cada una de ellas convergen, se puede afirmar y confirmar, también con asombro, que la intención y diseño de Arrieta es ¡que no las hubiera!, dejando libres estos espacios angulares de igual manera que los de la planta baja.

Es posible que al considerar posteriormente lo innecesario de suprimir los apoyos superiores, dada su situación en planta alta, se le haya colocado despuntando el puntaje, como se puede observar, para que se concentrara sobre el salmer o primera piedra de desplante arriba del capitel.

Con esta subsecuente solución sucede que se aumenta la carga concentrada sobre el pinjante inferior, lo que, si a primera vista podría parecer peligroso, no lo es, debido a que, por esta carga, el pinjante clave aumenta su compresión lateral a las dovelas y, por tanto, su estabilidad.

Con este fino acabado constructivo quedó definido el carácter estructural angular del gran patio. Que sepamos, la única solución similar se dio en las Casas Reales de Valladolid, en la actual Morelia, edificio que actualmente es sede del poder Judicial del Gobierno del Estado de Michoacán. Los cuatro ángulos del patio principal de ese Palacio de Justicia moreliano, muestran en todo igual sistema constructivo y compositivo que el de este Palacio de la Inquisición; sólo que en aquél se aprecia que, sin titubeos, se calculó que llevaran apoyo directo los arcos de nivel superior, y así lo acusa su estereotomía.

Estilísticamente, el gran patio del Palacio inquisitorial, aunque considerado barroco, muestra, a nuestra manera de ver, una mayor aproximación, tardía si se quiere, hacia el manierismo.


Escalera monumental, desde la planta alta


La pureza de sus columnas toscanas con sus lisos fustes inalterados y bien proporcionados en ambos niveles, así como la discreta molduración así nos lo indican; pero sobre todo lo hace su singular y única decoración aplicada en claves y enjutas de los arcos.

Esta consiste, en ambos niveles, en la colocación de volutas estriadas vistas de canto, recibidas por florones abstractos, siendo de menor tamaño en las claves de los arcos y de mayor dimensión en las enjutas. Todas ellas están sensiblemente a la misma altura, lo que provoca una rítmica alternancia que juega con el macizo de las enjutas y el vacío de los arcos. Esto es de una sutileza plástica tan especial que no podemos dejar de clasificarla más que de manierista.

Además, sobre todos y en cada uno de esos elementos, se provoca un resalte de los entablamentos, resaltes que a su vez siguen en su ancho las dos dimensiones de las volutas, o sea, menores sobre las claves y mayores sobre las enjutas. De modo que, este ritmo alterno se prosigue, siendo de admirar cómo los más gruesos y vigorosos de las enjutas, en el primer nivel, necesariamente quedan bajo el eje de las columnas del segundo, para que, finalmente, este impulso columnario se manifieste con estas mismas volutas mayores recibiendo las gárgolas y, por último, sobre ellas, las almenas de remate. Mayor euritmia y tan de buen gusto dentro de su sobriedad, parece ser muy difícil de encontrar.

Cabe anotar que el hermoso y fino barandal perimetral en todo el segundo nivel parece, muy gentilmente, respetar la estructura de piedra a la vez que desentenderse de ella, pues tan sólo se ancla al fuste de cada columna, indicando cada espiga con una perilla de bronce. Por lo demás, realmente queda exento y corre libre y recto por todo lo alto, sin ocuparse del ritmo de entrantes y salientes que se encuentran bajo él.

Arrieta gustaba, muy especialmente, de combinar las columnas de orden clásico y fuste totalmente liso, con pilastras tableradas y así lo hace en muchas de sus obras, como en la Basílica de Guadalupe. Lo hace marcadamente en la potada de este edificio, y lo reitera en su patio. Todas las pilastras perimetrales adosadas a los muros, como son las ocho que reciben los correspondientes arcos cruzados, son de este tipo de barroco, mostrando su fuste como un gran tablero de rica molduración mixtilínea incidida. Y no se diga las pilastras de muro y los pilastrones de la escalera cuya rica textura se logra justamente a base de grandes tableros moldurados, iguales en diseño a los de la portada en su segundo cuerpo.

De esta manera, así como en el primer cuerpo de la portada, cuatro columnas de fuste liso avanzan al frente y, a sus lados, cuatro pilastras tableradas las enmarcan como trasfondo. Aqui, en el patio, las columnas son el frente y las pilastras tableradas el fondo, fórmula que casi podría considerarse como firma plástico-estética del estilo de Arrieta.


Arcos cruzados y viguería, confluyendo en el ángulo del piso bajo del patio principal



Portada del paraninfo


Esta solemne portada, frente a frente con la escalera y a eje del patio con ella, debe datar de la época en que se hicieron serias modificaciones al edificio para adaptarlo a escuela de medicina, es decir al iniciarse la segunda mitad del siglo XIX. Ofrece un severo y elegante neoclasicismo en su monumental y bien proporcionado diseño. Quedó inconclusa en la talla de los dos modillones laterales que reciben la cornisa, así como en los faldellines que les corresponden.

Restos antiguos


Como testimonio arqueológico de las casas viejas de la Inquisición, se han dejado visibles algunas huellas: en el corredor norte, a más de un metro bajo el nivel actual, se muestra un fragmento de muro de más o menos unos ochenta centímetros de grueso, o sea como de una vara, construido a la manera usual colonial de la Ciudad de México, básicamente con revoltura de tezontle y mezcla con mucho mortero. Conserva restos de un guardapolvo en rojo sangre. Próximo a este fragmento hay también huella, en el muro actual, de una ventana de marco perimetral tablerado y una posible cornisa sobre él; la arista del intradós se allana convirtiendose en ligero derrame hacia el centro. Le quedan restos de pintura.

En la parte superior, compuesta como entablamento clásico, el dintel sirve de arquitrable, le sigue un amplio friso y en él, al centro, un tablero rectangular a manera de cartela que espera alguna inscripción que nunca llegó. Dos guirnaldas lo enmarcan; igualmente sin tallar, sólo ofrecen el cuerpo o bulto. Esta falta de terminado en los detalles ornamentales, sin embargo, parece acentuar la reciedumbre estilística de la portada. En el mismo paramento norte, pero en el corredor superior, hay una puerta muy junta a la pilastra que recibe el arco angular del extremo poniente y un fragmento de ventana de enmarcamiento similar a la del piso bajo; ambas también con restos de pintura, nos hacen pensar que, posiblemente, este muro es todavía de las casas viejas y fue aprovechado por Arrieta o al menos remodelado por él. Las pequeñas proporciones que se adivinan en la,ventana, justifican la razón de que se hable tanto de escasa luz en muchas estancias del Palacio.


La escalera


Parte relevante del patio mayor es la escalera, al igual que sucede en la mayoría de estos grandes palacios o mansiones coloniales.

Generalmente, las escaleras se colocaban al frente de la entrada, o si se les ubicaba en alguno de los lados, se procuraba fuera en el eje central del patio (como es éste el caso del Pa1acio inquisitorial), lo que se hacia para su mayor lucimiento y mejor funcionamiento en la distribución de las circulaciones distribución de las circulaciones.

La colocación de la escalera en este Palacio, en el medio aproximado de todo el conjunto, es muy acertada, y es posible que no sea casual su ubicación en esta cara oriente del patio para que, al ascender por su rampa central y al voltear a partir del descanso, se pueda ver emerger,al poniente, sobre las arcadas del patio, la torre y la cúpula del templo de Santo Domingo, imágenes que por esto no solo se hacen cotidianas,sino siempre presentes, con todo su significado en el ánimo de los inquisidores. Y hay que oir cómo, las campanas del templo tan cercano, ritman el tiempo que se vive en el Palacio dentro de cualquiera de sus estancias. La escalera tiene un arranque central y a partir del descanso se abre en doble rampa de acceso al nivel superior, por lo que se requieren tres arcos abajo y tres arriba. De los tres arcos bajos,el central es el que propiamente da acceso a 1a escalera, en tanto que los dos laterales, en planta baja, permiten el paso a las habitaciones que se encuentran entre el primero y el segundo patios. Detalle digno de ser observado es el que este paso se hace bajo dos correspondientes bovedillas que sostienen el quiebre o vuelta de las rampas de la escalera, estando estructuradas no en forma curvilínea, como es lo más usual, sino poligonal, formando con los muros, un semiochavado que, aunque de bajo peralte, reviste, una vez más, el perfil tan gustado por la estilística de Arrieta.

En sus arcadas y pilastras, toda la escalera puede adscribirse estilisticamente a la modalidad del barroco tablerado. El conjunto está compuesto a base de vigorosos tableros con molduración mixtilineal incidida. Todas las caras de los fustes de las robustas pilastras exentas centrales y extremas en los muros, asi los tienen. En la parte baja, las enjutas de los arcos alojan grandes tableros que prolongan sobre las impostas la anchura, proporción y molduración de los fustes, hasta recibir directamente el entablamento que, con la ausencia de capiteles, hace resaltes de la misma anchura que estos tableros. También, y como respuesta debida, el intradós de los seis arcos se convierte en encurvados tableros de medio punto abajo y tres puntos arriba.

Toque de recuerdo clasicista, tan frecuente en el repertorio formal de Arrieta, es la moldura de ovos y flechas que corre bajo la cornisa en la parte baja.

Insólito en todo el patio, pero lógico para la época, es que aparezcan, aunque únicas, decoraciones vegetales en todas las enjutas de los arcos, más vigorosas y abundantes en la parte baja, por ser aquí las enjutas más amplias, y más breves y finas arriba y a los lados de los capiteles.

Por último, no podría faltar el toque de alusión religiosa, menos en un edificio como éste. En las tres claves de los arcos, en el primer nivel, aparecen anagramas que simulan sostener unos querubines: el del centro es el de Jesús, Ihs; el de su derecha, como bien corresponde, es el de Maria, Mar, con letras entrelazadas y, el de su izquierda, es el de José, Ioseph, tambien hermosamente entrelazado, al grado de parecer un juego plástico.

Debe anotarse que, en cuanto a lo que concierne propiamente a los escalones y el pasamanos, de ninguna manera son originales y deben datar de la primera remodelación del edificio para adaptarlo para la escuela de medicina.

Los escalones, derramándose sobre el pasillo bajo y mordiendo desatinadamente las basas de las pilastras, nos indican que los originales debieron tener otra dimensión en su huella y peralte. El pasamanos, ya definitivamente de estilo neoclásico y, por sobre todo, las seis esferas sobre pedestales que pautan los quiebres de las rampas, con serpientes que se adhieren a cada una como símbolo de la medicina, nos confirman esta posterior remodelación de la escalera que originalmente debió ser más empinada, según lo delata la inclinación angular del intradós, o la parte baja de las rampas laterales.


La escultura


El 25 de agosto de 1950, fue colocada solemnemente en el descanso de la escalera monumental del patio mayor esta escultura de San Lucas.

Para una información más completa acerca de esta obra de arte, debe consultarse al doctor don Francisco Fernández del Castillo en su folleto titulado Breve reseña histórica relativa a la erección de la estatua de San Lucas en la Escuela Nacional de Medicina, México, 1950. De esta publicación están tomados los datos aqui sintetizados.

A don José Urbano Fonseca, quien comprara el edificio de la Inquisición y fuera benefactor de la Escuela, se le ocurrió que ésta debiera tener un santo patrono, lo que recaía en San Lucas, ya que según la tradición, además de evangelista, fue pintor y médico. Como Fonseca también era miembro de la Academia de San Carlos, pidió a su presidente, don José Bernardo Couto, una escultura del santo.

Couto encargó un trozo apropiado de mármol de Carrara y designó al escultor Manuel Vilar para que la ejecutara. Vilar hizo los dibujos, pero quien la cinceló fue su discípulo Martín Soriano. Por esto, en el canto derecho del plinto que le sirve de base dice: La Academia de S. Carlos de México. Escuela Nacional de Medicina. Año de 1859; y, en el canto izquierdo: El alumno D. Martín Soriano la hizo en la Academia de S Carlos bajo la dirección del profesor D Manuel Vilar. En el canto frontal se asienta que es San Lucas.

Se colocó solemnemente en el Salón de Actos el 17 de junio de 1860, siendo director de la Escuela el doctor José Ignacio Durán. Asistieron algunos de los principales representantes en la época de las ciencias, las artes y la cultura en general, más, desde luego, Vilar y Soriano.

Quedó la estatua en el Salón de Actos hasta el año de 1913, en el que el doctor Aureliano Urrutia la mandó colocar en medio del patio, con nuevo pedestal en el que se inscribió el letrero de Este médico fue santo, que hasta ahora conserva. En 1920 regresó al Salón de Actos y después, en 1933 fue medio relegada a un pequeño cuarto a un lado del mismo salón. Por último, y gracias a la iniciativa de Salvador González Herrejón y a la respuesta favorable de los doctores don José Castro Villagrana e Iturbide Alvarez, director y secretario respectivamente de la Escuela, volvió a dignificarse su colocación en la escalera en la antedicha fecha de 1950. El San Lucas constituye una de las obras maestras de la escultura académica mexicana del siglo XIX.

No en vano Vilar fue discípulo de Tenerani y detrás se percibe la cauda de influencias maestras como David, Cánova, Giorgetti y Thorwaldsen.

La figura se muestra con noble actitud a la romana. Es un recio varón en los inicios de la edad madura. La vestimenta, de túnica y manto, envuelve la figura tanto a la manera clásica como a la tradicional, apostólico-cristiana; los paños caen en forma elegante y natural, de modo que el brazo izquierdo oprime el manto a la altura de la cintura para evitar justamente su caída. Con la mano izquierda sostiene un pergamino desenrollado, mientras con la derecha, entre índice y pulgar, lleva el estilo, por cierto mutilado en su extremo quizá debido a tantos cambios de emplazamiento. Tras de su pie derecho un tarro contiene varios rollos de pergamino y por fuera lleva inscrito, con mayúsculas, Iatpikh , que se traduce por "medicina".

Estatua de San Lucas en el descanso de la escalera principal. Escultor: Martín Soriano


El segundo patio


Después del gran patio mayor, el segundo patio inmediato al oriente, se muestra rústico y sencillo aunque no carente de empaque y dignidad.

Sin duda, lo más notable en él y que le otorga una recia personalidad es el que priva en sus proporciones el cuadrado y el cubo. El cuadrado en la disposición de su planta y alzado, pues sensiblemente la misma dimensión que tiene en lo largo y ancho del patio abierto, que es el cuadrado, tiene en el alto total que ocupan los dos niveles, por lo que el espacio arriba, es marcadamente un cubo transparente, en donde interpenetran fluyentes y recias perspectivas siempre polarizadas hacia el punto central focal.

También es digno de hacerse notar que la distancia entre las pilastras equivale a su altura, por lo que al recibir la cubierta de los corredores configuran con el piso del patio secciones cuadradas en alzado, lo que reitera y otorga a todo el conjunto una atmósfera de serena y segura estabilidad. Los paramentos de muros de los corredores, aunque con muy irregular distribución de puertas y ventanas, desiguales además en diseño y proporción, quedan sometidos y ordenados por el rítmico suceder de estos marcos cuadrados, delimitados por pilastras y columnas, pisos y techumbres entre ambos niveles.

Cabe insistir en que esta especie de parrilla, como concepto de diseño compositivo del espacio, queda claramente acentuado y remarcado en cada una de las cuatro caras del patio, a manera de un gran cuadrado vertical, cuyo vacío es cruzado y dividido en cuatro por el trazo vigoroso de los elementos estructurales.

Como consecuencia complementaria -y consideramos que con todo acierto- el piso del patio, entre los corredores, ha sido diseñado dividiendo su área cuadrada en cuatro partes, marcadas al unir por medio de franjas de rústico embaldosado de piedra los cuatro ejes centrales de las pilastras intermedias. Por último, se colocó la rugosidad de un sencillo empedrado como textura del relleno.

Estilísticamente observado, el patio pertenece esencialmente al orden toscano, tanto en las cuadradas pilastras de la planta baja como en las columnas de la alta. Ambos tipos de apoyos se distinguen por desplantar sobre muy elevados plintos, aunque al parecer, los de las columnas en el segundo nivel son pedestales a los que se les suprimió o nunca se les labró el cornisuelo que les correspondía.

Es de aclararse también, que se observa cierta rudeza en el encuentro de los capiteles de cantera y las traves de concreto que ahora sustituyen las primitivas y originales gualdras de madera que hubo. Esto se puede afirmar porque, además de la diferencia de materiales, tampoco se repusieron las molduradas zapatas que la estructura tuvo, las que aún se pueden apreciar en fotografías antiguas y suavizaban la transición entre capiteles y gualdras.

Por último, resulta significativo en este patio el que se han dejado manifiestas varias huellas de la investigación arqueológica que delata el proceso evolutivo seguido por la construcción del momento, como es la marca de los distintos niveles que ha tenido, indicados por fragmentos de escalones y diferencias de materiales constructivos. En planta baja, los paños de muros norte y oriente se han dejado sin aplanar para poder leer en ellos una variada información acerca de sistemas y materiales constructivos, así como de ubicación y diseño de puertas y ventanas, tanto de las que se muestran como originales como de las de factura más reciente.


Patio de la Casa de los Inquisidores


El entrar a este patio sobre todo cuando se hace por primera vez, produce un desconcierto debido al sinnúmero de elementos que lo configuran, disímbolos de tiempos y estilos, si se les observa en forma aislada, pero que en conjunto producen finalmente un efecto de armónica belleza, como uno más de estos tantos fenómenos de la estética en que un aparente caos se aglutina con acierto en el crisol del tiempo.

Es también este patio donde mejor puede apreciarse una estratigrafía del edificio, pues por lo menos hay huella de cuatro siglos en etapas constructivas, del XVIIl al XX.

En él se encuentran, conforme a contemporáneos criterios de restauración de monumentos, huellas perceptibles, testigos de los cambios y modificaciones que ha sufrido la construcción, pero que también podríamos añadir, ha vivido, a través de su historia y cambios de uso.

Difícil, por lo anterior, es anotar punto por punto los numerosos detalles o elementos que en este recinto llaman la atención, pero cabe no pasar por alto, los más sobresalientes. De entre ellos y por el aparente orden de antiguedad consideraremos algunos.

El muro del lado norte muestra ser de los más primitivos del monumento, sobre todo en su parte inferior, con restos de un vano a un nivel inferior aún al de la calle. Esta sección debe proceder todavía de "las casas viejas".

La parte de funciones, del elevadísimo primer piso, presenta una admirable solución de tres corredores: uno volado al sur y los del oriente y poniente con gualdras apoyadas sobre dos muy esbeltas columnas toscanas medianeras, una en cada corredor.

Hay también tres arcos sobre pilares en el muro lindero sur, cuya presencia sugiere estar dispuestos para el desarrollo de una escalera de doble rampa, pero como de esto no queda huella, su prestancia queda como incógnita.

Por su parte, la actual escalera en sí, con su irregular desarrollo y los tres macetones de hierro fundido que la acentúan y que están fechados y patentados en 1871, obviamente nos indica una remodelación porfiriana. En ella, lo más notable lo constituye la excelencia de su material de piso, pues es a base de mármol blanquecino y colocado en la mayoría de las huellas, en largas placas de lado a lado.

El desembarque se hace a la altura de dos robustos arcos de tres puntos, que deben ser antiguos. Están construídos en piedra y cargan sobre los tres antedichos del primer piso, lo que aumenta la idea de cómo habrá sido el desarrollo de las rampas de la escalera, que sin duda originalmente aquí hubo y que debió ser, por tanto, de trazo barroco.

Por otro lado, tanto el barandal del corredor en planta baja como las rejas de cerramiento de los dos arcos en la alta se conservan con un rico y fino diseño, típico de la época porfiriana, con buena ejecución técnica de forja, remache y aplicaciones decorativas de plomo. De esta manera, y aunque el barandal de los pasillos de la planta alta ya es de piezas en "hierro colado", el efecto, al llegar a lo alto de la escalera, es de una imponderable gracia y transparencia que en algo recuerda finas tramas textiles.

Sin duda, lo más impresionante de esta parte del Palacio, es el cubo del zaguán que da acceso al patio por la actual calle de Brasil, empezando por el precioso zaguán tallado en madera con todo el vigor y el esplendor de su diseño ecléctico. Le sigue el recio portón de forja, remache y plomo decorativo, pieza hermana mayor de los barandales y rejas de pasillos y escalera, dotado, por cierto, con una singularidad que consiste en tener en la hoja de la derecha un postigo, lo que permite un mejor control y mayor seguridad en caso de estar abierto el zaguán.

Sin embargo, lo más solemne, son los vestigios originales del Palacio inquisitorial descubiertos en la última restauración: enmarcando el vano donde se aloja el actual portón, hubo una especie de segunda gran portada después de la fachada, de la que aún se perciben jambas y dintel tablerados, pese a que sus salientes fueron rasuradas y aplanadas para ocultarles. Sobre el dintel y entre la prolongación de jambas, aparece pintado en suaves tonos y dentro de una talja de reminiscencias manieristas, un escudo de la Inquisición Mexicana, con el detalle, como en otros casos de que la M está a la izquierda y la I a la derecha, es decir: Mexicana Inquisición. Este escudo se salvó de fobias o torpezas legalistas, gracias a que quedó oculto en su existir, por un "cielo", o como decimos ahora, plafón, que reducía el alto espacio bajándolo a la altura del dintel, como aún puede verse huella en la imposta perimetral que lo sostenía.

Mas no sólo se salvó el escudo, sino que, para asombro y fortuna nuestra, se preservó el primoroso artesonado que cubre este espacio. Por su aspecto y diseño evolucionado es posible provenga de fines del siglo XVII o principios del XVIII. De cualquier manera es de excelente talla y diseño, muy cercana a los modelos que desde el siglo XVI proponía Sebastián Serlio, sobre todo en su Cuarto Libro de Arquitectura, tan conocido y difundido en nuestras tierras y que tanta influencia tuvo en toda la época colonial.

Cabe hacer, sin embargo, una observación y es la de que los modelos serlianos, en su variedad en trazos, tienden al casetonado, esto es, a rehundimientos, en tanto que aqui, los ochavos que contienen conchas en las dos hileras del centro y flores en los dos extremos, bajan tanto que casi cuelgan como pinjantes. Huelga decir lo acertado y de buen gusto de las aplicaciones doradas en conchas y flores, así como los florones cuadrados, con sus ligeros toques de policromía.

En fin, que este cubo de zaguán es uno de los fragmentos del Palacio que debe verse y admirarse con la mayor satisfacción e interés por el alto significado histórico y artístico que contiene.


Auditorio, antes Patio de los Naranjos


El actual auditorio ocupa la mayor parte del área y espacio de lo que fue el llamado Patio de los Naranjos. De este patio sólo quedan reconocibles en el costado sur, cuatro robustas arcadas de tres puntos que descansan sobre pilarones con un resalte liso al frente. Proceden del espacio abierto del patio. Sugieren, por la longitud que ocupan de aproximadamente unos 19.50 metros, que por lo menos éste debió ser su largo. Por lo demás, el recinto muestra un aspecto desolado que se acentúa en todo el muro y paramento del costado norte, sobre todo porque se ha dejado sin aplanar y con los materiales constructivos aparentes, seguramente porque muestran huellas estratigráficas de diferentes épocas constructivas. La conformación de este auditorio, efectuada en la intervención de los años treinta, ha sido discretamente simplificada en la última remodelación.

Por el lado sur, un recinto a manera de vestlbulo lateral, se une virtualmente con el área de butacas por medio de las cuatro arcadas, ampliando notablemente la visibilidad hacia el proscenio. Además, esta parte ofrece un interesante desplante de muros procedentes de niveles más recientes, indicándonos con arranques de dos puertas que esta zona estuvo seccionada por habitaciones y una distribución aquitectónica distinta a la que hoy observamos. Lo anterior se comprueba por la presencia de guardapolvos en varios diseños de predominante color ocre rojizo.


Patio de las Cárceles


Las cárceles o celdas dan nombre a este conjunto. Se distribuyen perimetralmente a un patio que, pese a lo que fue su temible función, resulta de un elegante y armónico ritmo.

El espacio abierto que lo conforma, configura sensiblemente lo que en secciones "áureas" se llama un "rectángulo dinámico" y que consiste en la relación geométrica de lo largo dos veces el ancho, más un fragmento dado por la diagonal de estas distancias bajada como radio. Las medidas se traducen aqui en unos 8.76 metros de ancho por 22.80 metros de largo.

Asi se yerguen 24 arcos de tres puntos, repartidos tres y tres en los lados cortos y nueve en los largos que, como puede observarse, siendo el total de número par, enfilan en número non obteniendo un bello juego rítmico y perspectivo.

Su estilo se adscribe definitivamente al neoclásico y, dentro de él, a un carácter de orden toscano en su extrema sobriedad, ya que los pilares apenas muestran un doble plinto en el desplante y un ábaco sobre pequeño talón como capiteles. Por lo demás, todo es lisura en fustes y arcos. Tan sólo las impostas que reciben los arcos en los muros añaden, bajo ellas, las consabidas seis gotas triangulares correspondientes a triglifos. Esto confirma el conocimiento y la filiación del autor de esta obra al neoclásico.

En la parte superior y por todo el perímetro corre una cornisa toscana sobre friso a su vez liso, y sólo falta el arquitrabe completo, insinuado por un resalte corrido para formar el entablamento completo.

Por lo demás, tan extrema y severa expresividad constructiva se vio animada en otros tiempos por la alegria del color. Quedan muchos restos y huellas de su presencia totalizadora, especialmente de tonos cálidos, ocres y amarillos, los que de alguna manera debieron aliviar sicológicamente el ánimo de quienes desde la penumbra, por no llamarle total oscuridad, y a través de las rejas, podrian ver en parte, o hasta plenamente, este patio al que por momentos podrían salir.

Ahora bien, de las celdas propiamente dichas, puede decirse que sólo quedan restos identificables en los lados norte, oriente y poniente; por el costado sur todo ha sido modificado.

Por las que restan, se adivina que eran cuartos de espacio interior cubicado, con unos 5.75 metros al fondo y frente y 4.20 metros a los lados, más unos 4.50 metros de alto. Celdas envigadas con sentido hacia el patio, vigas pequeñas y muy juntas, recibiendo tablones también pequeños y encima un terrado. Al frente, dando al corredor, su especie de fachadilla consistía en una pequeña puerta de 1.10 metros de ancho por 2 metros de alto, que debió estar cerrada con una o dos hojas de madera, sujetas y con abatimiento hacia afuera. Sobre la puerta una aún más pequeña ventana para ventilación e iluminación, quizás con alguna reja y hojas protectoras. Aqui también, pese a la dureza de sus fines, estos elementos, al menos las puertas, estuvieron enmarcados con policromía y unas grisallas que simulaban marcos de franca molduración neoclásica. Detalle singular que no puede pasarse por alto, es que estaban numeradas con números incididos y remarcados con pintura negra en las claves de piedra de los dinteles. Se conservan y han redescubierto la No. 18 y la No. 19, así anotadas en el costado poniente.

No podemos ignorar, tampoco, la sencilla fuente de trazo elíptico, al centro del patio y con su eje mayor, muy lógica y armónicamente colocada en el sentido longitudinal de éste. Su molduración neoclásica, con perfil de balaustre, denota su carácter de original; y su escaloncillo desplante, ahora ahogado en el nivel del piso actual, que es prácticamente el mismo que en los colredores, nos indica que éste ha sido subido a un mismo y solo nivel.


Pintura mural decorativa


Por los restos de pintura mural decorativa que han sido descubiertos, consolidados y restaurados, nos podemos dar cuenta de que, prácticamente, la mayoría de los interiores del gran Palacio estuvieron espléndidamente decorados con pinturas de muy variados diseños; geométricos unos, fitomórficos otros y, en su mayor parte, ejecutados con la técnica del temple. Se aplica sobre todo en lo que serían guardapolvos en la parte baja y frisos en lo alto, cercanos a las viguerías, además de muchas orlas enmarcando el intradós de puertas y ventanas. El contemplar estas festivas decoraciones, desdice la popularizada idea del tenebroso" Palacio de la Inquisición.

Pasar de una estancia a la otra, donde estas pinturas se encuentran, es poder hilvanar una secuencia de libertades expresivas; múltiples manos, pinceles y trazos para los que se ve, no hubo ninguna forna de "inquisición".

De lo que resta de tan rico acervo polícromo, sólo mencionaré algunos de los más sobresalientes.

En la planta baja, en la sala hoy llamada del "México Prehispánico", inmediatamente a la entrada del Palacio, hay tres jugosos enmarcamientos internos en que dominan los tonos verde. En lo alto del que ve al patio mayor; con la grafía entrelazada, tan peculiar de la época colonial, se distinguen las letras Ioseph, alusivas a San José, por lo que las otras dos, ahora borradas, debieron corresponder a Jesús y María; esto es, sala de la Sagrada Familia.

También en la planta baja, en la sala titulada "Dr. Soberón", han sido rescatados, por excavación y recuperación de niveles originales, una serie de guardapolvos-friso a manera de tableros,todos en un color rojizo, que en mucho recuerdan diseños de tableros del siglo XVI, hermosamente actualizados conforme al gusto barroco del XVIII, mismo que se manifiesta libremente en un friso superior.

Pero quizás, lo que debió ser y es más impactante, ya con espíritu neoclásico, son las decoraciones que se dieron y aún perseveran en lo que es la dirección, la gran sala del acervo de la Biblioteca Nicolás León y un aula en el segundo piso, al norte del segundo patio.

En la actual dirección, hay un arco con tableros de varios diseños mixtilíneos, y en el despacho del director se muestran seis pilastras jónicas en tonos de café sobre fondo verde liso, mismas que aparecen en la Biblioteca Nicolás León, del segundo nivel, en cuatro pilastras, que antes debieron ser muchas más en torno al espacio.

. Por su lado, el aula que se ubica en la segunda planta, al norte del segundo patio impacta por su solemnidad de arquitectura marmórea inventada pictóricamente.

Abstracto diseño, recuerda estancias pompeyanas, sólo que aqui en mudez y silencio, por la falta total de imágenes asociadas con el hombre y la naturaleza.



Casa de los Inquisidores. decoración pictórica motivos vegetales arcos de acceso al corredor alto